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martes, 20 de octubre de 2015

LA MALDICIÓN DE ISLA PINGÜINOS

Fernando López-Mirones en la Isla de los Pingüinos. Foto: Juan María Raggio.

 En octubre de 1593, el capitán John Davis había recalado su barco en Puerto Deseado cuando fue atacado por unos indios tehuelches ataviados con unas máscaras de guerra que les daban el aspecto de perros.
Siete años atrás, el corsario inglés Thomas Cavendish había descubierto ese bendito lugar de la costa atlántica de Patagonia al resguardarse en él con su buque insignia, el Desire, que le dio nombre a la ensenada. Desde allí partió hacia el sur para atacar y saquear a las ciudades españolas de la Patagonia atlántica tratando de emular a su mayor héroe, el pirata Drake.
John Davis capitaneaba ahora la misma nave, pero él y Cavendish no se llevaban bien. Cavendish odiaba a sus oficiales, y mucho más a su tripulación. Esta vez al mando del Black Pinnace, ambas naves se perdieron durante una tempestad frente a las costas de Patagonia cuando intentaban saquear la ciudad brasileña de Santos. 
Como estaba convenido, se reunieron en Puerto Deseado. Continuaron viaje hacia el Estrecho de Magallanes, cuando otra tormenta los llevó hasta unas islas hasta entonces desconocidas, las Malvinas. El Black Pinnace naufragó, y Davis consiguió regresar a Puerto Deseado en unas condiciones lamentables. La tripulación, devorada por los piojos y el escorbuto, se recuperó en esta costa a base de comer gaviotas, cachorros de lobo marino, mejillones, huevos y peces.
Antes de zarpar de nuevo, decidieron acudir a la llamada Isla de los Pingüinos para abastecerse de provisiones. Allí, los marineros ingleses mataron a garrotazos a más de veinte mil estoicos pingüinos de Magallanes y de penacho amarillo, que secaron y salaron para almacenarlos en la bodega del Desire.
Pero entonces su problema era otro, el 11 de noviembre los guerreros de cara de perro les estaban atacando; corrían más que los caballos, y arrojaban polvo al aire mientras lanzaban alaridos espeluznantes. Al principio los ingleses creyeron estar siendo atacados por auténticos diablos con facciones de cánido y cuerpos humanos, hasta que se dieron cuenta de que se trataba de máscaras. Tras perder nueve hombres en la reyerta, el Desire zarpó hacia Brasil en el anochecer del 22 de diciembre para aprovisionarse de frutas y hortalizas robadas a los indios en la Isla de Plasencia, frente a Río de Janeiro.
Sin embargo de nuevo fueron atacados y tuvieron que regresar mar adentro sin aprovisionarse de agua fresca. Cuando llegaron al Ecuador, de los cuerpos de los pingüinos muertos comenzaron a brotar como ánimas miles de gusanos de más de dos centímetros de longitud que empezaron a devorar cuanto caía en sus quelíceros. Ropas, correas de cuero, incluso el casco de la nave, se lo comían todo menos el hierro. Mientras los gusanos deglutían literalmente el Desire, la tripulación cayó presa de nuevo del terrible escorbuto. 
Con las encías sangrantes, la lengua hinchada y los genitales tan inflamados que no podían hacer absolutamente nada, la situación se tornó dramática … y los seres reptantes que nacieron de los pingüinos de la Isla inundaban toda la nave. 
Solo Davis y un grumete se mantenían sanos, de los setenta y seis que habían zarpado de Inglaterra. Finalmente consiguieron llegar a Bantry Bay con un barco tan pestilente que su hedor se podía percibir en varios kilómetros de costa.
Este mítico viaje fue inmortalizado en los versos de Samuel Taylor The Ancient Mariner:
¡Tantos hombres y tan bellos!
Y todos yacían muertos,
Y un millar, un millar de seres viscosos

Siguieron vivos, y yo también.

Copyright Fernando López-Mirones

martes, 13 de octubre de 2015

ORCA-FILMS: TODOS LOS CABALLOS VALIENTES

ORCA-FILMS: TODOS LOS CABALLOS VALIENTES: Caballo español en Cabo Mayor, Cantabria, España. Copyright Foto: Fernando López-Mirones En muchas de las llamadas Crónicas de Indi...

TODOS LOS CABALLOS VALIENTES


Caballo español en Cabo Mayor, Cantabria, España.
Copyright Foto: Fernando López-Mirones

En muchas de las llamadas Crónicas de Indias, en las que los conquistadores primero (la Conquista propiamente dicha duró solo unos 30 años), y los exploradores y colonos después (los restantes 300 años), narraban los hechos acaecidos durante sus aventuras, solía leerse esta frase: “Porque, después de Dios, debimos la victoria a nuestros caballos”.

La relación entre aquellos españoles y sus caballos era tan estrecha, que los indios no andaban descaminados al percibir que eran uno solo; es que lo eran. El amor a los caballos en la España de entonces trascendía a las clases sociales y los honores de nobleza, e impregnó el Nuevo Mundo como ninguna otra condición hispana. No es casualidad que el mayor de los elogios, entonces como ahora, es decir de alguien que “Es un caballero”. Nada supera a ser un caballero. No es un perrero, ni un vaquero, o un barquero… el caballero es el paradigma de lo perfecto.

Montaban a la Brida o a la Jineta, como aprendieron de los Moros, en la silla de montar llamada Bur. Embridando en corto, los conquistadores solían montar como si fueran de rodillas. Su estilo de mano alta, el freno de paladar, o su forma de girar el caballo, son exactamente las mismas que podemos ver hoy en un gaucho argentino, un guaso chileno, un mexicano, un llanero de Colombia o Venezuela, o un cowboy de Texas. Todos ellos herederos de los caballeros españoles. A lo que se llamó siempre Paso Castellano, hoy lo denominan Stockman’s Jog; porque los caballos eran tan bonitos que nos los robaron culturalmente, y los convirtieron en horses.

Aquellos caballos jerezanos tuvieron que enfrentarse a los vampiros de las selvas suramericanas, que hicieron estragos entre ellos por las noches, mientras el rugido del jaguar los atemorizaba. El caballo Morcillo que montaba Cortés, hizo, a cambio, un descubrimiento impresionante, el maíz. Alimentados con ese grano dorado americano, los caballos hispanos se hicieron invencibles.

Entre ellos el de Pedro de Heredia, el fundador de Cartagena, cuyo valor llegó a ser leyenda. Cuentan las crónicas que en una ocasión se metió el equino con tal fuerza entre las fuerzas indias, que salió “como un puercoespín” por la cantidad de flechas y lanzas que llevaba clavadas. Se curó mediante baños en el mar Caribe.

Escribieron los testigos, que eran los ojos de los caballos los que espantaban a los indios, los ojos fieros y esa boca con espuma y relinchos infernales. Motilla, El Romo, Matamoros, Aceituno…  todos los caballos bellos.

Entonces los indios Pampas aprendieron que sus gritos, y un penacho de plumas de ñandú en la punta de sus lanzas, podían perturbar seriamente a los caballos españoles, aunque escribió un cronista que en realidad era el olor de los guerreros lo que los espantaba.

Hoy, los más jóvenes utilizan a menudo la expresión “esto es un marrón”, sin saber que el origen de esta palabra está en los caballos cimarrones, los que pasaron a ser salvajes cuando se fueron los conquistadores españoles. Los ingleses lo copiaron para llamar “maroon” al esclavo huido, y de ahí la expresión “to be marooned”, que se aplica alguien abandonado en un lugar desierto… sin duda todo un marrón.

Un aullido.


Fernando López-Mirones